
Había una vez una mariposa que era diferente a las demás.
Mientras todas las otras mariposas tenían alas llenas de colores brillantes, las alas de esta pequeña mariposa eran completamente blancas.
Las demás mariposas se burlaban de ella.
— ¡Miren! ¡No tiene colores! — decían entre risas.
La mariposa se sentía triste, porque no entendía por qué era distinta.
Un día, mientras volaba sola por el bosque, vio una casita muy bonita.
Curiosa, se acercó a una ventana y descubrió algo maravilloso.
Dentro de la casa había un pintor trabajando en un gran cuadro.
Sobre el lienzo aparecían montañas, árboles, flores y un cielo azul brillante.
La mariposa quedó fascinada.
¡Le encantaban los colores!
Se quedó observando cómo el pintor mezclaba pinturas y daba pinceladas suaves sobre su obra.
De vez en cuando, pequeñas gotitas de pintura caían al suelo.
Mientras el pintor seguía trabajando sin darse cuenta, la mariposa comenzó a volar cerca de aquellas gotas de colores.
Una gotita roja cayó sobre una de sus alas, después una azul, luego una amarilla, más tarde una verde, una violeta y una naranja.
Poco a poco, sus alas fueron llenándose de colores, manchas y dibujos hermosos.
Cuando el pintor terminó su trabajo, la mariposa se fue volando muy feliz.
Al regresar al jardín donde vivía, las demás mariposas quedaron sorprendidas.
— ¡Guau! ¡Qué alas tan hermosas! — ¿Dónde conseguiste esos colores?
La mariposa les contó toda la verdad.
Les habló del pintor, del cuadro y de las pequeñas gotitas de pintura que habían caído sobre sus alas.
Las otras mariposas escucharon muy atentas.
La mariposa podría haber sido egoísta y guardar el secreto para ella sola. Pero decidió compartirlo.
Al día siguiente llevó a sus amigas hasta la casita del pintor.
Con mucho cuidado, jugaron a volar entre las pequeñas gotas de pintura.
Cada mariposa regresó con alas distintas. Algunas tenían manchas azules. Otras tenían rayas amarillas. Algunas mezclaban muchos colores. Y ninguna era igual a otra.
Desde aquel día entendieron algo importante.
Ser diferente no era algo malo. Al contrario. Las diferencias hacían que cada mariposa fuera especial y única.
Y nunca más volvieron a burlarse de nadie.
Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.
Fin.
